Carta a la Sociedad del Proctólogo

Estimada Sociedad del Proctólogo,
El motivo de esta carta es para manifestarle mi indignación para con usted. Pensar que casi me convencen de que lo que distingue a los seres humanos de otros animales era la razón, un mayor uso del cerebro.
¡Pero no! Nosotros pensamos o actuamos a partir de reacciones químicas que se desencadenan cuando nos introducen el dedo en el orificio anal. Es en ese momento cuando parece ser que reaccionamos, que nos movilizamos y, contrariamente a todas las normas higiénicas, agarramos una cacerola.
Se preguntarán por qué está tan indignado este señor del dedo sucio. Es simple, pero al mismo tiempo muy complicado para los que pensamos con los músculos del sistema digestivo. Me indigna el discurso político de “fortalecimiento de las instituciones” cuando hay que reparar el comportamiento cotidiano de la gente. Más me indigna ser miembro de una sociedad que sólo se interesa por el “otro” ante las grandes catástrofes climáticas o económicas. Estoy cansado de ser el país de las épicas bíblicas y rurales (léase “retenciones” o “corralito”).
Yo tengo asumido que somos un país políticamente indiferente. ¿Ahora tengo que resignarme a soportar una sociedad en la cual uno viaja en el “paquete” tren mitre o la primerísimo línea “D” de subte, ese estrato social de “altísima” cultura que compone la mayoría de los pasajeros no logre respetar normas básicas de convivencia y solidaridad social?
Gente “residencial” le hablo a usted: ¿es tan difícil dejar salir a la gente del tren y después ingresar usted? ¿Se requiere de tanto esfuerzo salirse del tren unos segundos si está en la puerta, de modo de permitir que los otros pasajeros que desean bajarse en esa estación lo puedan efectivamente hacer, sin que resulte una odisea? Señores, piensen cuánta energía ahorraríamos, cuántos disgustos innecesarios desaparecerían.
Soy una persona que se considera individualista: el individuo debe ser respetado en todos sus derechos, pero también tiene obligaciones. No somos entes aislados; vivimos en sociedad y necesitamos respetar reglas mínimas de convivencia. Resulta paradójico, irónico, pero cuando uno está mas rodeado de gente (como en el tren durante la hora pico) más sólo se siente uno, más lejos está del otro, menos se reconoce uno en el “otro”. Señores, les imploro que intentemos ser personas en su esencia total. Dejemos de ser ciudadanos del ano.
Sólo podemos progresar si nos respetamos. No sea tonto: siendo ciudadanos del ano sólo podemos crecer en forma de burbujas y sabemos que las burbujas explotan en algún momento. Ciudadano del ano, agradézcale al político cuando lo “caga” porque, después de todo, usted se convierte en ciudadano y persona cuando se pone en funcionamiento los sistemas digestivos y de excreción.
Otoño 2008


